
Más que fomentar la expresión pictórica como aprendizaje de determinadas técnicas, más que reproducir lo que ya es propio y conocido, se trata de crear la posibilidad para que surja lo nuevo a partir de las fuerzas creadoras del color, como principal aliado y agente terapéutico, incorporando sus cualidades morales especificas, vivificadoras y re-equilibradoras de procesos interiores.
En la actividad pictórica se valora más el “cómo” se pinta que el resultado formal del trabajo artístico. Cultivando el trazo se busca su transformación en gesto, siendo este el verdadero portador y plasmador de contenidos. Su correspondencia en la expresión, una vez libres de lo instintivo, y con plena presencia de nosotros mismos, nos convierte en testigos asombrados del “status nascendi” de lo nuevo y lo desconocido, si es que actuamos con la inocencia del “niño” que llevamos dentro.
La actividad se organiza en:
