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EL ESPÍRITU DE GOETHE: SU MANIFESTACIÓN EN EL CUENTO DE LA SERPIENTE VERDE



Rudolf Steiner

NOTA DEL AUTOR.- Esta exposición es una revisión de mi estudio titulado “La revelación oculta de Goethe”, que apareció en 1899, con ocasión del ciento cincuenta aniversario de Goethe, en el Magazín für Literatur. R.S.

En la época en que trabó amistad con Goethe, Schiller estaba preocupado con diversas ideas que expresó en sus Cartas sobre la educación estética del hombre. Éstas, escritas originalmente para el duque de Augustenbourg, fueron revisadas en 1794 para las “Heures”. Las conversaciones orales y la correspondencia llevadas a cabo en ese momento entre Schiller y Goethe les hacían volver siempre hacia las ideas de las que tratan dichas cartas. Schiller se había planteado la siguiente cuestión: ¿en qué estado de desarrollo interior puede el hombre pretender cumplir plenamente su misión? “Cada hombre lleva en sí mismo a un ser ideal que se corresponde con sus aptitudes y con su misión ideal. La gran tarea de nuestra existencia es ponernos en concordancia, a través de todas nuestras metamorfosis, con esta unidad invariable de nuestro ser” . Schiller quiere crear un puente entre el hombre de la realidad cotidiana y el ser humano ideal. Hay en el hombre dos tendencias que, en tanto se manifiesten aisladamente, le alejan de la perfección ideal. Son la tendencia sensual y la tendencia racional. Cuando predomina la tendencia sensual, el hombre sucumbe a sus instintos y a sus pasiones. Una fuerza de oscuridad se mezcla con sus actos y perturba su visión interior. Su actividad no es más que el efecto de una necesidad interior. Cuando domina la tendencia racional, el hombre es inducido a reprimir sus instintos y sus pasiones y se expone a otra necesidad, una necesidad abstracta no sustentada por ningún calor interior. En ambos casos, el hombre se somete a un yugo. En el primer caso es la naturaleza sensual la que subyuga a la naturaleza espiritual. En el segundo, la naturaleza espiritual oprime a la naturaleza sensual. Ni la una ni la otra de estas naturalezas puede darnos por sí sola la libertad plena, el completo desarrollo del núcleo personal de nuestro ser, pues éste se encuentra a medio camino entre la naturaleza sensual y la pura espiritualidad. Su expansión sólo se puede realizar armonizando las dos naturalezas. No hay que sofocar la sensualidad, sino ennoblecerla. Es necesario que los instintos y las pasiones se impregnen de espiritualidad para que ellos mismos puedan convertirse en los instrumentos mediante los cuales se realice el espíritu. Y en cuanto a la razón, es preciso que ésta intervenga en el alma humana de forma que limpie los instintos y las pasiones de toda su violencia; es necesario que el hombre llegue a ejecutar lo que la razón le aconseja como si fuera instintivo, y a poner en esta ejecución toda la fuerza pasional de la que sea capaz. “Cuando experimentamos un sentimiento apasionado respecto a una persona que no merece más que nuestro desprecio, se hace sentir en nosotros la fuerza necesitante de la naturaleza en toda su dureza. Cuando sentimos hostilidad contra una persona digna de nuestra estima, la que nos oprime es la fuerza necesitante de la razón. Pero desde el momento en que conquistamos simultáneamente nuestra inclinación y nuestra estima, la tiranía de la naturaleza y la tiranía de la razón desaparecen y empezamos a amar realmente” . Una libre personalidad, eso sería un ser humano cuya sensualidad revelara tanta espiritualidad como la razón, y cuya razón poseyera toda la energía elemental de la pasión. Sobre el pleno desarrollo de la libre personalidad es donde Schiller quiere basar la armonía de la vida colectiva en las sociedades humanas. La cuestión de una existencia plenamente humana se unía estrechamente en su espíritu a la de la constitución armoniosa de las sociedades. Ésta era la solución que aportaba Schiller a los grandes problemas que la Revolución Francesa planteaba en esa época ante la conciencia de la Humanidad .

Goethe encontraba profundamente satisfactorias estas concepciones. El 26 de Octubre de 1794 le escribía a Schiller respecto a sus Cartas estéticas: “He leído inmediatamente, y con gran placer, el manuscrito que me envió. Lo he devorado de una sentada. Esas cartas me han resultado tan agradables y bienhechoras como una bebida preciosa que, acorde totalmente con nuestra naturaleza, se traga con facilidad y deja en la lengua una agradable sensación que expande por el sistema nervioso su acción benéfica. Cómo podría ser de otro modo, si ahí he encontrado expuestas de una manera tan noble y tan lógica las ideas que reconozco como verdaderas desde hace tanto tiempo, todo aquello que en parte he vivido y en parte he deseado vivir”.

Goethe encontraba expresado en las Cartas estéticas de Schiller todo lo que él deseaba vivir para tomar conciencia de la dignidad perfecta del hombre. Es, pues, comprensible que en ese momento se despertaran en él ideas análogas a las de Schiller y que tratara de darles una forma personal. De estas ideas nació el poema que tantas y diversas interpretaciones ha suscitado después: el cuento-enigma con el cual Goethe terminó su relato titulado Conversaciones de Emigrados Alemanes, y que apareció en Heures en 1795. Estas “conversaciones” se refieren, como las Cartas estéticas de Schiller, a los acontecimientos de Francia. No podríamos explicarnos el cuento que las concluye, introduciendo en ellas externamente todo tipo de ideas, sino relacionándolo con las concepciones con las que el alma de Goethe estaba ocupado en esa época.

La mayoría de las interpretaciones de este poema que se han ensayado están en el libro de Frédéric Meyer de Waldeck, Los cuentos poéticos de Goethe. Desde la aparición de esta obra, nuevos intentos de esclarecimiento se han añadido a los antiguos. Yo comencé a penetrar en el espíritu del “Cuento” de Goethe a principios de 1890, apoyándome en las concepciones previas del poeta. Expuse los primeros resultados de este estudio en una conferencia impartida el 27 de Noviembre de 1891 en el “Goetheverein” de Viena. Lo que dije en esa fecha se ha desarrollado y ampliado luego en mi pensamiento, pero fuese lo que fuese lo que haya expuesto oralmente y lo que haya publicado sobre este tema, no he hecho otra cosa que desarrollar las concepciones originalmente expuestas en la referida conferencia.

Incluso mi drama de misterio aparecido en 1910, “La puerta de la iniciación”, no es más que el fruto de esos primeros pensamientos.

La idea generatriz del “Cuento” la encontraremos en las “Conversaciones”, de las cuales es continuación. En dichas “Conversaciones”, Goethe muestra a una familia que huye de las regiones devastadas por la guerra. Las conversaciones que se establecen entre los diferentes miembros de esta familia nos hacen partícipes de las distintas representaciones que se habían despertado en el espíritu de Goethe tras su intercambio de ideas con Schiller. Las “Conversaciones” giran en torno de dos pensamientos centrales. El primero atañe a ciertos hombres que siempre creen reconocer, en los acontecimientos de su vida, relaciones que escapan a las leyes de la realidad sensible. Los relatos que hacen los “Emigrados” son, en parte, simples historias de aparecidos. Los otros relatan acontecimientos o experiencias que parecen revelar, en lugar de una relación natural, alguna circunstancia “maravillosa”. Goethe no ha compuesto realmente estos relatos por un mediocre gusto por la superstición; el sentimiento que le inspiró fue mucho más profundo. Nada le era más ajeno que esa agradable sensación de pseudo-misticismo que experimentan algunas personas ante la simple narración de un hecho que parece sobrenatural: un hecho que los “estrechos límites” de la razón, y sus encadenamientos regulares de fenómenos, “no pueden explicar”. Pero Goethe no dejaba de plantear la siguiente pregunta: ¿no existe para el alma humana una posibilidad de liberarse de las representaciones que son fruto de la percepción sensible, y aprehender un mundo suprasensible mediante una pura percepción espiritual? Para el ser humano es natural aspirar a una actividad de este tipo, que pondría en marcha sus facultades de conocimiento de una forma totalmente nueva. Aunque oculta a los sentidos y al entendimiento, puede existir una relación real entre nuestro mundo y un mundo suprasensible. Y la inclinación que manifiestan algunos seres por los hechos inexplicables, que parecen romper el encadenamiento natural de las causas, no puede ser más que una deformación pueril de la nostalgia que tiene toda alma del mundo espiritual. Goethe se interesaba mucho más por la orientación particular que adquieren las facultades del alma cuando tienden a la superstición, que por el azaroso contenido de las historias que engendra en los espíritus infantiles el gusto por lo inexplicable.

La segunda de las ideas centrales alrededor de las cuales evolucionan esos relatos concierne a la vida moral del hombre; es la idea de que el hombre extrae sus móviles morales no de la esfera de los sentidos, sino de un mundo de impulsos superiores que le elevan más allá de la sensualidad. El ámbito moral sólo puede existir porque un mundo de energías suprasensibles hace irrupción en la vida ordinaria del alma humana.

Los rayos que emanan de estas dos ideas fundamentales se pierden en el infinito del mundo espiritual. Ambas plantean todo el problema del ser íntimo del hombre y de sus relaciones con el mundo sensible, por una parte, y con el mundo suprasensible, por otra. Schiller abordó este problema de modo filosófico, en sus cartas estéticas. Para Goethe, el camino de la abstracción filosófica no era practicable. Necesitaba encarnar en imágenes lo que tenía que decir sobre estas cuestiones. Ése fue el origen de su Cuento de la Serpiente Verde y la Blanca Azucena.

En este cuento se personifican las múltiples tendencias del alma humana; sus aventuras y sus acciones recíprocas encarnan toda la vida psíquica del hombre y todas sus aspiraciones.

Esta aserción puede exponernos a incurrir en el siguiente reproche: una interpretación de este tipo, dirán, arranca al poema del mundo imaginario del que ha surgido, para hacer de él una alegoría desprovista de belleza, una árida representación de doctrinas abstractas; despoja de toda vida a las figuras del cuento y no deja en su lugar más que fríos símbolos. Este reproche se funda en la siguiente idea: se cree que alma humana, cuando abandona el ámbito de los sentidos, sólo puede engendrar ideas abstractas. Se desconoce que hay una percepción suprasensible, del mismo modo que existe una percepción sensible. La imaginación de Goethe y la evolución de los personajes de su “Cuento” no se mueven en el mundo de los conceptos abstractos, sino en el de las percepciones suprasensibles. Lo que aquí queremos decir de estos personajes y de sus aventuras no es que uno represente esto y que el otro represente aquello. No, nada está más lejos de nosotros que el gusto por esas interpretaciones simbólicas. En este cuento, el “viejo de la lámpara”, los “fuegos fatuos”, etc., no se nos aparecen en absoluto más que bajo el aspecto de figuras imaginarias, tal como se las ve evolucionar en la narración, pero hay que intentar establecer cuáles fueron los impulsos intelectuales que animaron la imaginación del poeta y le permitieron engendrar talles figuras. Estos impulsos no llegaron, ciertamente, a la conciencia de Goethe en forma abstracta. En esta forma él los hubiera encontrado enteramente desprovistos de interés. También él se expresó en imágenes. El impulso intelectual reinaba en las profundidades del alma de Goethe, pero su fruto fue una creación poética. La etapa intermedia, la idea, permaneció subconsciente y dio a la imaginación orientaciones precisas. El lector que quiera estudiar el cuento de Goethe no debería ignorar su contenido intelectual, pues es indispensable para situar al alma del lector en un ambiente análogo a aquél en el que se encontraba Goethe cuando creaba su poema, y para permitirle seguir los caprichosos caminos por los que el poema nos conduce. Colocándonos de nuevo en ese ambiente intelectual podemos apropiarnos de los órganos que nos permiten respirar el mismo aire espiritual que el autor. Es de capital importancia que el lector mantenga su mirada sobre el mundo del alma humana, mundo que preocupaba a Goethe en la época en que escribió su cuento y cuyos diferentes aspectos le inspiraron –en vez de ideas filosóficas- figuras espirituales muy vivas. Todo lo que vive en esas figuras se encuentra en el interior del alma.

El modo de representación que preside el cuento se deja ya sentir en las “Conversaciones”. A lo largo de las conversaciones que Goethe nos refiere, el alma se orienta hacia los dos ámbitos cósmicos entre los que el hombre vivo se encuentra situado: el ámbito sensible y el ámbito suprasensible. La naturaleza más profunda del hombre tiende a establecer el equilibrio entre estos dos ámbitos, a conquistar la libertad del alma y la plena dignidad de la vida, y después, por fin, a crear hombre a hombre relaciones armoniosas. Goethe sintió que sus “Conversaciones” arrojaban alguna luz sobre la relación del ser humano con los dos ámbitos cósmicos que le rodean, pero que todo lo que él tenía que decir sobre este tema no había encontrado ahí su completa expresión. Sintió la necesidad de bosquejar una vasta obra imaginativa en cuyo seno los enigmas del alma humana fueran puestos en contacto con las riquezas inconmensurables de la vida espiritual.

El “Adolescente” del cuento encarna la aspiración del hombre hacia un estado plenamente humano, la aspiración de la que había hablado Schiller y que Goethe “deseaba vivir”. La unión del adolescente con “Lilia” (la blanca Azucena), unión que instaura el reino de la libertad, es la unión del alma con las fuerzas profundas que duermen en ella y cuto despertar conduce a la realización interior de la Libre Personalidad.

Un personaje que juega un papel significativo en el desarrollo de las aventuras que constituyen el “Cuento” es “El Viejo de la lámpara”. Cuando, provisto de su lámpara, llega a la cripta rocosa, le preguntan cuál es el secreto más importante que conoce, responde: “El que es manifiesto”. Y cuando le preguntan si no puede revelar este secreto, contesta: “Cuando sepa el cuarto”. Este cuarto secreto lo conoce la Serpiente verde. Se lo dice al Viejo al oído. Es indudable que el secreto está relacionado con el estado final hacia el que aspiran los personajes del cuento, estado que se nos describe en todas partes al final del relato. En él vemos representada simbólicamente la unión del alma humana con las fuerzas que reinan en sus profundidades; ahí, las relaciones del alma con el mundo suprasensible –el reino de la Blanca Azucena- y el mundo sensible –el de la Serpiente verde- se hallan reguladas de manera que dejen al ser humano una plena libertad de acción y de experiencia, si bien procedan los impulsos del primero o del segundo de estos ámbitos. Así es como el alma llega a realizar, en colaboración con estos dos tipos de fuerzas, su Ser verdadero. Es preciso admitir que el “Viejo” conoce este secreto, pues él es el único personaje que se mantiene constantemente por encima de los acontecimientos y sus directivas se hacen sentir en todo. ¿Qué es, por tanto, lo que la Serpiente le puede enseñar? El Viejo sabe que la Serpiente deberá sacrificarse para que la unión final, tan deseada, pueda tener lugar. Pero para el Viejo no basta con saberlo. Tiene que esperar a que la Serpiente haya dejado madurar en lo más profundo de su ser la decisión de este sacrificio.

En la vida psíquica del hombre hay una fuerza que lleva y sostiene la evolución general del alma hacia la libertad personal. Esta fuerza tiene una tarea que cumplir durante toda el tiempo que dure dicha evolución. Una vez adquirida la libertad, esta fuerza pierde su importancia. Es ella quien pone al alma en contacto con las experiencias de la vida. Es ella quien transmuta en sabiduría íntima, en conocimiento de la vida, todo lo que le revelan la ciencia y la vida. Le da al alma una creciente madurez que la acerca al objetivo espiritual con el que sueña. Pero en el instante en que este objetivo es alcanzado, dicha fuerza pierde todo su valor, pues ella preside las relaciones del hombre con el mundo exterior, y cuando el hombre alcanza su objetivo todos los móviles externos se transforman en impulsos internos del alma. Entonces esta fuerza tiene el deber de sacrificarse, de inhibir su actividad. Ya no puede subsistir en el hombre transmutado más que de una forma impersonal, como un fermento de la vida psíquica. Goethe estaba muy inclinado a observar esta fuerza. La veía actuando en los múltiples acontecimientos de la vida y en las experiencias de la Ciencia. Deseaba que se la aplicara plenamente, sin proponerse esos objetivos abstractos que surgen de opiniones y de teorías preconcebidas. El objetivo, pensaba, debe resultar siempre de las propias experiencias. Cuando éstas han madurado lo suficiente, ellas mismas dan a luz el objetivo a alcanzar. No hay que mutilarlas imponiéndoles de antemano un fin definido. Ésta es la fuerza psíquica que Goethe encarnó en su “Serpiente verde”. La Serpiente absorbe oro, es decir, la sabiduría que resulta de las experiencias de la vida y de las de la ciencia, sabiduría que el alma debe asimilar profundamente para llegar a estar enteramente unida. Esta fuerza psíquica se sacrificará en su momento y conducirá al hombre a su objetivo, que es la libre personalidad. Lo que la Serpiente confía al Viejo al oído es su resolución de sacrificarse.

La Serpiente entrega, pues, al Viejo un secreto que ya le era conocido, pero que permanecía, sin embargo, sin ningún valor para él mientras no fuera realizado por la libre decisión de la Serpiente. Cuando la fuerza psíquica que acabamos de describir habla en el trasfondo de hombre como la Serpiente verde acaba de hablarle al Viejo, entonces “se ha cumplido el tiempo” para el alma. Ha llegado el momento de transmutar la experiencia de la vida en sabiduría e instaurar un armonioso equilibrio entre los sensible y lo suprasensible.

El objetivo al que aspiran los personajes del cuento será alcanzado cuando resucite el Adolescente, quien, tocado prematuramente por el mundo suprasensible –Lilia- había sido paralizado por él y luego había muerto. El Adolescente se unirá con Lilia después de que la Serpiente –la experiencia de la vida- se sacrifique. Entonces es cuando le llega al alma el momento de construirse un puente entre las dos orillas del río. El puente surge formado de la sustancia misma de la Serpiente. La experiencia de la vida no conducirá ya a ninguna existencia propia. Dejará de ser orientada, como antes, hacia el mundo exterior. Se convertirá en una fuerza íntima que el hombre no ejercerá conscientemente, pero que actuará en las relaciones recíprocas entre los sensible y lo suprasensible, permitiendo a los dos mundos esclarecerse y calentarse mutuamente en el hombre.

Sin embargo, aunque haya sido la Serpiente la que condujera a este estado de armonía, por sí sola no podría conferir al Adolescente los dones que le permitirán gobernar el nuevo reino del alma. El adolescente recibe estos dones de los Tres Reyes. El Rey de bronce le da la espada con esta orden: “La espada en el flanco izquierdo, la mano derecha libre”. El Rey de plata le da el cetro y pronuncia esta frase: “Apacienta los corderos”. El Rey de oro le pone en la cabeza su corona de roble, diciendo: “Conoce el bien supremo”. El cuarto rey, que está formado por una aleación de bronce, plata y oro, cae en estado una masa informe.

En el hombre que se encamina hacia la Libre Personalidad, las tres fuerzas del alma existen en el estado de mezcla: la voluntad (el bronce), el sentimiento (la plata) y el conocimiento (el oro). La experiencia de la vida revela, a lo largo de una existencia, lo que el alma ha adquirido por medio de estas tres fuerzas: la Fuerza, a través de la cual puede manifestarse la virtud, se revela en la voluntad. La Belleza (la bella apariencia) se revela en el sentimiento. La Sabiduría se revela en el poder de conocimiento. Lo que mantiene alejado al hombre de la Libre Personalidad es precisamente el hecho de que estas tres fuerzas permanecen mezcladas en su alma. Adquiere la libertad en la medida en que puede recibir en plena conciencia los dones particulares de estas tres potencias, dejando a cada una su modalidad especial, y en la medida en que sea capaz de reunirlas él mismo en su alma mediante un acto enteramente libre y consciente. Es entonces cuando se desagrega la fuerza compacta que le mantenía bajo su yugo, la fusión caótica de las tres facultades humanas.

El Rey de Sabiduría es completamente de oro. Cada vez que el oro aparece en el cuento es para personificar una forma cualquiera de la sabiduría. Ya hemos visto cómo la Sabiduría ha sido absorbida por la Serpiente (la experiencia de la vida), quien finalmente realiza su sacrificio. Pero también los “fuegos fatuos”, a su manera, se apoderan del oro. El alma humana posee una aptitud particular, que se desarrolla con exclusividad en muchas personas y que parece dominar toda su forma de ser. Es la de apropiarse de los resultados de la ciencia y de la vida, no para enriquecer al alma con tesoros de sabiduría, sino más bien para conferir al hombre algún saber especial: el medio de afirmar esto o aquello, para criticar eso o lo otro. Esta disposición de espíritu puede acentuar artificialmente el brillo de ciertas personalidades y ponerlas en valor en la vida, pero esto siempre en los límites estrechos de una especialidad. Esta clase de inteligencia no tiende en ningún modo a verificar sus convicciones confrontándolas con los datos de la experiencia. A veces da lugar también a la superstición, tal como Goethe nos la hace entrever en las historias de aparecidos que cuentan sus “Emigrados”. Esta inteligencia no busca en modo alguno ponerse en concordancia con las leyes naturales. Se erige en doctrina antes de ser vivificada en el fondo del alma. A los falsos profetas y a los sofistas les gusta propagarla. Se encuentra en las antípodas de la máxima goetheana: “Para existir debemos sacrificar nuestra existencia”. Por el contrario, la serpiente, la sabiduría adquirida mediante la experiencia totalmente desinteresada de la vida, se ofrece en holocausto y abandona su existencia para constituir el puente que va a religar el ámbito de los sentidos con el del espíritu.

El Adolescente del cuento se siente arrastrado hacia el Reino de la bella Lilia por un irresistible deseo. ¿Cuáles son los signos distintivos de este reino? Hasta el instante en que es construido el puente, los hombres, por muy profunda que sea la nostalgia que sientan por ese reino de la Azucena, no tienen derecho a acceder a él más que a unas horas determinadas. A mediodía, la Serpiente, que aún no se ha sacrificado, se tiende por encima del río para formar un puente provisional que conduce al mundo suprasensible. Por la tarde y por la mañana se puede franquear el río poniéndose en “la sombra del Gigante”. El río representa la fuerza de las representaciones y del recuerdo, que separa al mundo sensible del mundo suprasensible. Quienquiera que se acerque al Reino del mundo suprasensible sin haber recibido interiormente permiso, al contactar con él es dañado corporalmente, como lo fue el Adolescente. Lilia también alienta el deseo de reunirse con la otra orilla. El “Barquero”.



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