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EXPERIENCIA PURA DE LOS SENTIDOS



“La experiencia pura es la forma en la que la realidad aparece ante nosotros si, con plena abstracción de nuestra personalidad, nos sometemos a ella”

La experiencia pura puede referirse a objetos externos, estados interiores, estados anímicos duraderos e inmediatos (ira, sorpresa…). También percibo fuerzas como la de la gravedad, cuando me caigo, o el viento que me empuja, pero no las percibo cuando pienso. La conciencia nace y surge en la propia experiencia, se siente arrastrada y arrebatada por lo experimentado; no me puedo defender de la experiencia, estoy totalmente entregado a ella.
¿Qué es la experiencia pura, dónde está?. Sólo el niño pequeño tiene habitualmente experiencia pura; ésta se halla allí donde está el estímulo, la conciencia se siente arrastrada allí.
Si oigo un ruido:

1. Oigo el ruido
2. Me asusto
3. Salto

Las tres cosas son de por sí una experiencia pura, pero si considero que me he asustado por el ruido, ya he pensado. Para captarla he de aprender a ser como un niño recién nacido, debo ejercitarme para quedarme en el puro principio de la experiencia.
Hoy en día, el único modo de alcanzar la experiencia pura sin esfuerzo es a través de la droga, alcohol, o experiencias de riesgo. Si veo una pared, absteniendo mi personalidad, no puedo llamarla pared, ya que eso es añadir un concepto; si la llamo pared ya no estoy dentro de la experiencia pura. Si la pared es naranja, antes de llamarla naranja estoy en la experiencia pura, y lo experimento como fuerza; cuando surge el concepto naranja aparece como experiencia pura, pero deja de ser experiencia pura cuando aplico dicho concepto a la pared.

Constatamos que la experiencia pura de los sentidos, del sentimiento y de la voluntad tiene fuerza, mi conciencia está arrastrada por ella, todo mi ser está arrebatado por la experiencia, yo soy la experiencia. Pero no la puedo colocar, ni la puedo ordenar, ni la puedo relacionar, porque eso corresponde al papel que el concepto realiza cuando se une a la experiencia pura.

No interesa ahora cómo se produce la experiencia pura, sino el hecho de que surge.
1. Debo mirar totalmente abierto y nada más.
2. ¿Qué pasa con la experiencia pura del concepto, del pensar?
Cuando oigo palabras como “treinta y tres”, “pregunta”, “grande”, me cuesta más captar qué es experiencia pura; se trata de conceptos oídos gracias a una lengua conocida.
El pensamiento, el concepto, con ayuda de la palabra, en el momento en que surge es una experiencia pura. Ahora observemos lo que ocurre cuando surge, no de dónde viene.
¿Qué me ocurre cuando lo percibo por primera vez? Que lo entiendo sin una labor conceptual a posteriori. No me sobrecoge totalmente, como la experiencia pura de un susto; no tiene fuerza, pero la entiendo, aunque no lo sepa explicar desde dentro.

La lengua me crea un ojo para percibir conceptos, pero este pensamiento en cuanto lo utilizo para algo deja de ser experiencia pura; por ejemplo, cuando lo aplico a determinadas percepciones.
En la experiencia pura del concepto, la apariencia, dada por la lengua, y el contenido, dado por el concepto, coinciden. Lo entiendo sin un acto posterior. Se sostiene por sí mismo.
En el caso del pensar hay que diferenciar entre la actividad mental y los conceptos que surgen como contenido; cuando digo “ayer”, “grande” o “más”, he de mirar bien y diferenciar en el pensar la unión de conceptos y el concepto mismo en el momento en que surgen. La unión de conceptos que se produce porque yo añado algo (reflexión).
En la Lógica de Hegel, en su primer capítulo, se puede vivir la pura percepción del pensar prescindiendo de uno mismo.
Es difícil prescindir totalmente de la personalidad para captar la experiencia pura del pensar; en la personalidad entran sentimientos, impulsos volitivos, hábitos y representaciones. Estamos habituados a unir automáticamente nuestras representaciones a los conceptos que surgen, y hay que diferenciar esta actividad subjetiva de la actividad que supone mirar el concepto con plena abstracción de mi personalidad.
Toda la historia moderna de la ciencia y de la filosofía y sus consecuencias morales en la práctica de la vida ordinaria y de la educación, vienen del hecho de no poder prescindir de la personalidad para captar los conceptos a través de la lengua cuando los oigo como si fuera la primera vez, y por lo tanto no poder captar la experiencia pura del pensar.
Pensemos que el gran guía del intelecto de la humanidad, I. Kant, no pudo hacer esto, como se puede comprobar cuando se lee el primer apartado de su analítica trascendental.
Prescindir de mi personalidad para captar el concepto puro es ya una actividad meditativa, y sólo podremos meditar de dónde vienen las vinculaciones si hacemos correctamente el primer trabajo.
La experiencia pura de las vinculaciones que yo efectúo cuando prescindo de mi personalidad al observar el pensar es la de darme cuenta de que el concepto como experiencia pura tiende a unirse a otros conceptos. Descubro su capacidad intrínseca de relación con otros conceptos; podríamos decir que el pensar en sí, en su totalidad, sólo es pensar porque es “social”, dado que unos conceptos tienden a unirse a otros.
Como se ve, distinguir entre si yo añado un concepto a otro por la lógica representativa, o percibir desde la experiencia pura la tendencia vinculante de un concepto hacia otro, es en el fondo un tema moral que consiste en querer percibir la realidad tal y como ella es, sin imponer mi personalidad. Trabajo al que todo artista tiende para realizar su obra.
Podríamos calificar esta tendencia a unirse un concepto con otro desde la experiencia pura, del modo en que lo hace Spinoza: Amor intelectualis.
Esta tendencia vinculante de los conceptos como experiencia amorosa, del dios Eros, es la que se refleja en el intelecto como lógica: capto la sombra de la vinculación pero no la vinculación misma.

La tendencia del concepto de unirse a otros conceptos desde la experiencia pura del pensar, ilumina el concepto de posibilidad orteguiana. Ortega habla de que todas las ideas tienden a unirse entre sí, que el universo se encuentra unido, pero que yo, en la conciencia ordinaria, lo intuyo solamente como posibilidad, puesto que ésta me esconde la realidad; ese es el concepto de latencia en Ortega. La experiencia pura de los sentidos es patente al prescindir de la personalidad; la experiencia pura del pensar es latente en cuanto que late (corazón) la tendencia rítmica de unirse un concepto con otro. Al percibirla prescindiendo de mi personalidad, lo latente se hace patente. Sólo en este caso podemos entender lo que poéticamente se llama presencia de lo latente, o como dice María Zambrano, la presencia de la ausencia.
Por eso, Ortega, en sus Meditaciones del Quijote, dice: “Tengo yo ahora estas dos docenas de robles graves, y fresnos gentiles. ¿Es esto un bosque? Ciertamente que no; éstos son los árboles que veo de un bosque. El bosque verdadero se compone de los árboles que no veo. El bosque es de naturaleza invisible; por eso…. el bosque huye de mis ojos”

La experiencia pura del Yo

Tiene que ver con la experiencia pura de la fuerza de atención, que podríamos resumir como la experiencia pura de estar atento. Atento a la atención; no atento a algo, sino a la atención misma. En este caso no solamente captamos que se sostiene por sí misma como ya habíamos captado en el pensar, sino que me crea a mí mismo. Entendiendo por primera vez, como experiencia pura, el concepto de mismidad.

La experiencia pura y la física cuántica

Si observamos la propuesta de la física cuántica, con su Principio de Incertidumbre, en el que todo está en movimiento, y hay una relación entre el interior (hombre) y el exterior (mundo), vemos que ochenta años después de la aparición de esta visión aparece ya este tipo de pensamiento frecuentemente, en el que se hace implícito el concepto de experiencia pura de los sentidos y del pensar, en la cual se ha llegado a observar que uno no es capaz de reconocer partes de la realidad sin el concepto correspondiente. Es decir, hemos tenido que percibir en algún momento el concepto para poder referirnos a la experiencia. Tenemos el ejemplo de los indios del Caribe cuando se acercaban las naves de Colón; éstos no percibieron las naves hasta pasados varios días, y mientras tanto sólo podían percibir las ondas que las naves producían en la superficie del mar.
En física se habla de ojo y cerebro, no de pensar y sentidos. Se reconoce que la realidad se forma en el continuo movimiento y encuentro entre el interior y el exterior, y, sin embargo, no se percibe el conocimiento como continuo movimiento; así en esta realidad móvil sólo existe el misterio. Esa relatividad de la experiencia del movimiento lleva inmediatamente a las preguntas del tipo ¿quién soy yo?, pero en movimiento. Se desplaza la personalidad desde un concepto terminado de individuo a una realidad que interactúa y que se forma en un doble diálogo entre el mundo y el hombre. Pero no se sabe cómo. De tal manera que no hay certeza, y aparecen las dudas de tipo existencial con la puerta del misterio abierta que nos lleva a la experiencia cartesiana de la duda entre sueño y vigilia, y que se refleja en la película Matrix. También la Gestalt reconoce que la realidad está en movimiento y hay una interactuación permanente que no se adapta a moldes fijos, sino que continuamente se va formando en base a la experiencia que comunica el interior del hombre con el exterior.
Todo este movimiento del siglo XX aparece al final del Kali-Yuga, precedido por la experiencia científica de R. Steiner. Porque el siglo XX lleva al hombre necesariamente a intentar percibir la formación de realidad no en el tiempo sucesivo, sino en el tiempo simultáneo, en la coincidencia de muchas experiencias, en la percepción de muchas posibilidades. Y, sin embargo, es un misterio cómo de entre esas muchas posibilidades que ofrece la vida, el hombre siempre elige las mismas. Éste es el punto del materialismo, que determina un punto fijo desde el cual se interpreta lo demás. Pero a partir de una vuelta a la percepción del movimiento como formador del estado de conciencia se puede experimentar hoy en el alma consciente lo que el propio Aristóteles concibió como elemento central de la conducta: la conducta es un movimiento entre dos extremos para encontrar un término medio, y, a partir de Steiner, la conducta aparece como la creación de valores en base al movimiento de las dos corrientes del tiempo. Fundamento moral del mundo.

Jaime Padró




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