Logotipo de la fundación con una imagen de una puesta de sol


HAIKU:
LA RESURRECCIÓN DE PERSÉFONE




Haiku: la resurrección de Perséfone


I.



Nada es azar



Unos días antes de nuestra cita estival con Jaime en Calatañazor, una amiga me trajo un volumen con una selección de haikus de autores clásicos japoneses. Venía así a mi encuentro la síntesis de una tradición cara a mi corazón que ha vivido en mi alma una callada metamorfosis desde mi encuentro, hace siete años, con la Antroposofía.
Mi amiga y yo compartimos la misma devoción por la poesía sencilla y sutil que puede ser expresada con el menor número de versos posible, y coincidimos - ¡cómo no! – en otorgar a los haijin japoneses la maestría en este menester del verso corto y sintético. Pero yo no sabía en ese momento que el haiku acompañaría de forma tan destacada algunas de mis vivencias en el encuentro de Calatañazor de este año, y que los versos de Bashô, de Shikô, de Issa o de Sôseki se entretejerían con mis palabras de este modo al escribir el presente relato.


II.




El día de nuestra llegada a Calatañazor, el domingo día 3 del pasado mes de Julio, la mayoría de los componentes del grupo nos dirigimos por la tarde a la Fuentona de Muriel, cita obligada de nuestra ya tradicional aventura en el paisaje de Soria. Tras los saludos de rigor y la bienvenida a los nuevos participantes en los aledaños del hostal donde nos íbamos a alojar, cogimos los coches y recorrimos los cinco o seis kilómetros que separan Calatañazor de la Fuentona, para saludar y honrar a la naturaleza y a los seres que habitan ese hermoso y singular recinto.
La Fuentona de Muriel es un paraje único, recogido y silencioso, que se conforma alrededor de una pequeña laguna que da nombre a todo el entorno. La laguna se conoce también con el nombre de Ojo de Mar, porque es una torca o embudo que tiene comunicación con las corrientes subterráneas de las plataformas calcáreas de Calatañazor. Sus aguas son tan cristalinas que parecen no tener sino un palmo o dos de hondo, pero tienen una profundidad aproximada de unos cincuenta metros, y se prolongan en longitud varios cientos de metros más, hasta alcanzar el nivel del agua del río subterráneo con el que está conectada. De este insólito lecho, a los pies de unas impresionantes masas cársticas, nace con inusual transparencia el río Abioncillo, que riega la Tierra del Burgo antes de ceder sus aguas al Ucero.
Para acceder a ella se cruza un pequeño puente sobre el río y se sigue un camino de tierra, al final del cual se dejan los coches. Como si fuera una catedral de aire y de agua, el visitante cruza a pie sus puertas arbóreas y penetra en el espacio protegido, siguiendo el camino dócil que, como un atrio, le lleva hasta la laguna, verdadero corazón de este templo abierto al cielo. Los chopos, las sabinas y los pinos negrales flanquean el verde y mullido sendero, salpicado de verbenas y de botones de oro que mutan en tomillo, lavanda y salvia en las cercanías de la laguna, sobre los terraplenes de la barranca que bordea el agua.
Los sonidos primordiales de este espacio virginal invitan al visitante a caminar en silencio, atento al verde tejer de la hierba; al agua de la laguna, que ya viene a su encuentro derramada en suaves y cristalinos cauces, entre ranúnculos y juncos; a los súbitos chisporroteos con que los silfos y las salamandras sorprenden su mirada.



Sin mi viaje
Y sin la primavera
Me habría perdido este amanecer


SHIKI




III.




Éste era el maravilloso cuadro que pretendíamos presentar a los participantes que venían este año por primera vez. Lo deseábamos intacto para sus ojos intactos, y para reanudar un año más nuestra privilegiada observación de la naturaleza esplendente.
Pero no contábamos con la canícula.
No nos atrevíamos a pensar que la ola de calor y de sequía que azota este año la península abrasaría también las frías tierras de Soria. Y, sin embargo, mientras atravesábamos en nuestros vehículos los trigales del valle a los pies de Calatañazor, otrora altos y rubios, la quemada blancura de las espigas y la extrema pequeñez de los tallos nos hacían temer lo peor. ¿Conservaría para nosotros la Fuentona su sempiterna magia, o, por el contrario, habría sucumbido también a los estragos de este duro estío? Pronto saldríamos de dudas.
La primera impresión al iniciar nuestro paseo fue desoladora. Ya en la proximidad del parque empezamos a echar de menos multitud de presencias. Las habituales amapolas, achicorias e hipéricos habían desaparecido casi en su totalidad; sólo unos pocos y aislados ejemplares sobrevivían fantasmagóricamente, semi-desecados y sin flores, en el borde del camino de tierra. Por todas partes, como casi único representante del vario reino vegetal, la imagen reiterada del impertérrito gordolobo. Y en el recinto interior de la Fuentona, la hierba, rala y mustia, había perdido su tono vivaz. Ni rastro de las enhiestas verbenas o de los espléndidos y brillantes botones de oro que los años anteriores cortábamos, temprano en la mañana, para estudiar en el aula. El regato cantarín que nos daba siempre la bienvenida callaba ahora con sus aguas bajas y estancas, sometidas al limo y a las algas, igual que las de la pequeña charca que está antes de la Fuentona. La fuerza elemental pareciera haberse retirado incluso de este lugar, hasta hace nada inmaculado y vigoroso, casi última oportunidad del hombre para escuchar la voz de los dioses germinales. Sólo la presencia de los grandes árboles nos permitía reconocer el familiar paisaje, y su visión calmaba un poco el corazón encogido.
Con este sentimiento llegamos, por fin, a la charca madre del río. Jaime dirigió las primeras palabras al grupo e hicimos nuestro primer trabajo de observación. Todos los días nos citaríamos allí o en la charca pequeña, a las nueve de la mañana, para iniciar nuestra jornada.


Piedras y árboles
Relumbran en los ojos
Con este calor



KYORAI




IV.




Nueve de la mañana. Todo el mundo acude puntual a la cita junto a la charca pequeña. En su derredor, vamos tomando posiciones. La mañana, misericordiosamente, se ha levantado fresquita y algunos buscan para sentarse un sitio entre los guijarros de la orilla, donde concurren los rayos de sol que se filtran entre los chopos. Otros prefieren la pequeña roca que se alza al lado de la charca, como emergiendo del agua. Mi amigo Joaquín despliega su silla de campaña, que porta como antídoto para su dolorida espalda.
Jaime apenas dirige unas breves palabras al grupo, que ha entrado en absoluto silencio en el interior del parque y permanece alrededor del agua en silencio. Apenas un murmullo: “Mirad”. Se entrega al silencio de todos y calla. Sabe que hoy todo conocimiento procederá del silencio. Me acuerdo de aquel maestro zen que congregaba a los monjes del monasterio por las tardes para dirigirles el sermón. Los monjes llegaban en total recogimiento a su cita vespertina, que tenía lugar en una habitación cuyas puertas y ventanas se cerraban a cal y canto para que nada perturbara la atenta escucha de las palabras del maestro. Un día, el monje encargado de cerrar las ventanas no tuvo tiempo de cerrar una de ellas antes de que llegara el maestro. Llegó el maestro, y en el instante en que iba a tomar la palabra, un gorrión se posó en el alféizar y se puso a cantar. El maestro permaneció mudo y atento mientras duraron los trinos. Cuando terminó su canto, el gorrión se marchó. El maestro tomó entonces la palabra: “Monjes, podéis levantaros. El sermón de hoy ha terminado”.
Delante de nosotros, en la ventana del alma, el agua, la roca, los árboles y el cielo. Y los hombres.


Rompo mi ayuno
Con la flor
De la mañana



BASHÔ





V.




No se puede escuchar sino en el más profundo silencio. Para escuchar a lo que habla hay que callar. ¿Pero cuán profundo ha de ser el silencio para escuchar a lo que calla? La entristecedora experiencia de la tarde anterior tenía que ver sobre todo con el silencio de la naturaleza. El recinto entero de la Fuentona estaba pasmado, sumido en doloroso ensimismamiento como sólo es capaz de hacerlo el hombre. Nada de lo que allí otros años era de natural sonoridad venía a nuestro encuentro, y nuestras almas se impresionaron de tal manera por el silencio de este paraje que, puesto que veníamos a escucharlo, habríamos de hacerlo desde un silencio más profundamente conquistado.
Y esa era nuestra callada determinación desde el momento en que pusimos el pie en la Fuentona en la mañana y oímos por segunda vez su silencio: callar para oír el silencio. Y callar con todos los sentidos, no sólo con el oído; también con la vista, con el olfato, con el tacto...
Con la espalda apoyada en un chopo, noto bajo mi cuerpo la frescura del matón de hierbas donde me siento. Frente a mí, la pequeña laguna: el agua tapada por las verdes algas. A la derecha, el pequeño farallón calcáreo donde desaparece Elenita y se sientan, Ana, José-Miguel, Belén... Al fondo de la charca, los juncos y los grandes ranúnculos, y detrás de ellos, como hieráticos vigías de nuestras miradas, los negrales... A mi izquierda, entre los intervalos de las sombras de los chopos, atravesados por suaves rayos de sol, se distribuyen Jaime, Serafín, Mari-Nieves... Juaco no se distribuye: él distribuye el espacio en función del lugar que ocupa su imponente figura. Algo más adelantados, casi pegados el uno al otro, Antonio, con su sempiterno cuaderno, y Bali: su cabellera rubia refulge con el sol matinal. De pie, a mi derecha, Vlad otea la suave brisa con su nariz de piel roja. Más allá, cómo no, en el terraplén de las aromáticas, Jon se deja caer despacio en el suelo y se transforma en un loto. Detrás del todo, a mi izquierda, Joaquín ha plantado sus reales en un claro entre los árboles. De pie, muy cerca de él, está Pepita... Presiento a los demás, próximos y quietos: Lucía, Meli, Chema, Martín, Xavi, las dos Marías, Karina... Hasta mitad de la semana no llegarán la otra Ana y Luis. Aún no sabemos que Fernando no podrá venir en toda la semana. Pero conseguirá que le tengamos presente en nuestras conversaciones y en nuestros corazones... Miro. Miramos. Todo calla: la bóveda azul del cielo de Julio preside este ágape de silencio. Poco a poco empieza a callar también todo ruido del alma. La mirada que analiza y reconoce y escruta empieza a callar. Se entrega el ojo a la actividad de mirar. El oído se entrega a la actividad de escuchar. Viene el paisaje a la mirada. Se acerca todo al hombre, entretejido en formas y colores, en luces y sombras, en aromas y ecos, formando una sola unidad. Nace en el alma un sentimiento de veneración, que se percibe simultáneo en todos los que contemplan. Se mueve entonces todo en derredor, como en un pulso primordial creador de gestos. El gesto de la naturaleza y el gesto del alma humana se hacen uno. Se puebla el alma de naturaleza y hombre. En el gesto late la vida, y el alma late con esa vida que pulsa desde todas partes a la vez. El alma mira y es mirada. Y escucha: algo la llama. Y el alma no puede ni quiere resistirse a lo que reconoce como su origen. Y se entrega y renace en una miríada de gestos simultáneos que componen una primigenia danza.
En ese instante irrumpen los oboes del viento. ¿De dónde salen los intactos metales sonoros? Soplan entre las ramas de los chopos antiguas voces susurrantes y los árboles aletean como ángeles anclados al suelo. De sus hojas se desprenden mariposas blancas que entretejen azarosas la palpitante atmósfera. El suelo se puebla también de mariposas oscuras que no consiguen alzar el vuelo. Los juncos clavan sus afilados estiletes en el agua, y el agua cobra nueva y transparente vida. Todo el paisaje cabe en una sola gota: el profundo cielo y los grandes pinos centinelas. Baila todo en el fondo del agua.
Cierro los ojos. Joaquín sobre la silla de campaña. Nobunaga-sama ha plantado la invisible tienda de guerra en la colina que domina el valle. Tremolan nerviosos los estandartes al viento. Sobre la silla, quieto y poderoso como una montaña, en su gesto está escrita la victoria. Nobunaga-sama empuña el sable mientras contempla la infinita serenidad que se desprende del monte Fuji y se extiende hacia los cielos y hacia los hombres. El monte Fuji es una oración de paz sobre los escuadrones en orden de batalla. Nobunaga-sama retira la mano de la espada. El alma de Joaquín se reúne con la mía. Juntos, contemplamos la métrica de las gotas y los tallos, el ritmo del viento y las hojas, la libérrima asonancia del mundo... ¡Haiku!



Suena una rama:
En la boca de mi hermano,
Un haiku


VI.


En cuanto a la expresión, un haiku es un poema breve de unas 17 sílabas organizadas habitualmente en 3 versos (5-7-5). No tiene título ni rima y es de tal sencillez que puede prescindir de signos de puntuación. El contenido del haiku es haikai, una locución japonesa compleja que significa “lo que está sucediendo en este lugar y en este momento”. En la tradición nipona la fuente de inspiración es casi siempre la naturaleza, en sus aspectos vinculados a las cuatro estaciones y al nacimiento del Año Nuevo. Es la poesía perceptiva pura que parte de la más quieta y atenta observación del instante y viene a unirse como concepto ligero y móvil a lo que es revelado a los sentidos mediante la fuerza de su atención. En ella se dan cita admirablemente percepción y concepto. De una revelación perceptiva semejante, tan humilde y sublime a la vez, no puede advenir quizá otro concepto que no esté revestido del inefable y poético ropaje leve del haiku.
Cuando a mi amigo el guerrero transformado en poeta y a mí se nos revelaban los simples enunciados de los haiku en la Fuentona, íbamos un paso más allá de la simple escucha del mundo natural. Respondíamos también a la naturaleza en el eco entregado del alma con una forma artística que entonces comprendíamos en su verdadero y único sentido. Éste es el significado de la Perséfone resucitada de la que tantas veces nos ha hablado Jaime. No basta con escuchar a la naturaleza. La propia naturaleza ha de verse escuchada a sí misma en el hacer del hombre como nueva naturaleza humanizada en una forma que necesariamente adquiere configuración de arte.
Las anteriores lecturas de los textos de los sencillos haijin probablemente nos habían cautivado porque necesariamente estaban impregnados del suave despertar en el alma de lo mirado, argumento suficiente para que el alma se quedara muda en la escucha absorta del poema. Pero no podíamos sospechar que parte de nuestra ejercitación en Calatañazor consistiría en entrar en la raíz misma del cotidiano ejercicio al que Bashô y Moritake habían consagrado sus vidas.



Cual flor de la mañana
Qué fugaz es mi vida
Hoy... ¿Y luego?...


MORITAKE




Y entonces les vimos en sus gestos interiores, iguales a nosotros, nosotros iguales a ellos. Anduvimos en su compañía por las estribaciones del monte Asama o navegamos por la bahía de Akashi, prestos a eternizar el fugaz vuelo de una mariposa o el perfume breve de una hipomea. Y comprendimos su andar peregrino de lugar en lugar, de estación en estación, reencontrando para los hombres la palabra olvidada de los dioses.




Naturaleza: lo perdido
Del alma. ¿Qué es el alma Encontrada?






VII.




Y de nuevo todo canta, pero ahora también el alma canta su canción como un eco enamorado. Y aparece un nuevo paisaje, una naturaleza de haikus nuevos que se tejen con el sentir del mundo:
En ese instante irrumpen los oboes del viento. ¿De dónde salen los intactos metales sonoros?



Oh, silencio del hombre:
La palabra del mundo




Soplan entre las ramas de los chopos antiguas voces susurrantes y los árboles aletean como ángeles anclados al suelo. De sus hojas se desprenden mariposas blancas que entretejen azarosas la palpitante atmósfera.




Pasa una mariposa:
¿Quién puede
predecir su vuelo?



El suelo se puebla también de mariposas oscuras que no consiguen alzar el vuelo.




En el suelo
Tiembla una mariposa.
Oh, la sombra de una hoja




Los juncos clavan sus afilados estiletes en el agua, y el agua cobra nueva y transparente vida. Todo el paisaje cabe en una sola gota: el profundo cielo y los grandes pinos centinelas. Baila todo en el fondo del agua.



Debajo del agua
¿Qué viento
mece las cañas?



De pronto, una rana canta con broncínea voz y su canto alcanza los confines del cielo. Desde ese más allá de azul traspasado responde un pájaro con un trino que alcanza los confines del agua.




Cantan:
En la charca, un pájaro;
En el cielo, una rana


VIII.


Un haiku más a modo de epílogo.

Julio de 2003. Jaime se cita todos los días con “la aurora de rosados dedos” antes que ninguno. Abre los días especiales de nuestro trabajo en Calatañazor con su madrugón, y, tras el desayuno, se dirige el primero a la Fuentona. En esa época, a esa hora, es el único caminante en la solitaria carretera. Con el tiempo se le ha ido uniendo un grupo de unos cinco o seis andarines. Una mañana, súbitamente, se desencadena una tormenta: estamos en Soria. La lluvia, profusa y repentina, se adueña del paisaje acompañada de un generoso y continuado repertorio de rayos y truenos. Alguien recuerda que Jaime debe andar ya en la carretera, completamente solo. Salgo inmediatamente a rescatarle en mi coche. Me acompaña alguien más. Unos kilómetros más adelante divisamos su silueta en el centro de la carretera. Le damos alcance. Está empapado. Los relámpagos y los truenos siguen sin tregua.

“Sube al coche”, le decimos.

Jaime sonríe. “¿Estáis locos?”, nos contesta. “¿Ahora que los tronos se muestran en toda su gloria...?”




Mucho ha de aprender
Quien está ciego
A la luz del relámpago


BASHÔ


José-Ramón Blanco
La Coruña, Julio de 2005


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